En las últimas décadas, la escolarización, y, en general, los contextos educativos y formativos, ha ido acompañada de una progresiva reducción del movimiento cotidiano. La organización tradicional del aula (tiempos largos de atención sostenida, tareas principalmente sedentarias, desplazamientos mínimos y permanencia prolongada en la silla) configura un entorno que, aun siendo funcional para determinados objetivos didácticos, no siempre es coherente con las necesidades biológicas, cognitivas y socioemocionales del alumnado.
El cuerpo no es un “acompañante” del aprendizaje: es una de sus condiciones. Desde una perspectiva biopsicosocial, el movimiento actúa como un regulador primario de la activación, la atención y el estado de ánimo; y, por tanto, incide en variables escolares tan relevantes como la autorregulación, la conducta en clase, la disposición a la tarea y el clima del aula. En este contexto, los descansos activos y los microejercicios se proponen no como una moda metodológica, sino como una intervención de bajo coste, alta escalabilidad y potencial impacto, destinada a armonizar la exigencia académica con la higiene postural, la salud y el rendimiento cognitivo en las distintas etapas educativas.
